Resonancia
(Promo, Okada NJPW)
April 13, 2XXX
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Contratamos geógrafos, arquitectos, ingenieros, antropólogos, médicos y músicos. Todos profesionales, para treparse en una colina en la que construyeron nuestro nuevo anfiteatro. MNSNT cazó talentos durante media década. No fue fácil; el proyecto no era exactamente legal. Nuestros informantes y espías fueron ubicados en cien países. Tuvimos éxito. Hubo daños colaterales con individuos que nos engañaron y en quienes creímos poder confiar, pero lo logramos. Nunca hemos dicho que tenemos las manos limpias. Hacemos lo que tengamos que hacer para mantener nuestra tradición viva. La magia ritualista debe permanecer, y más en estos tiempos en los que quienes la practicamos estamos siendo asesinados.
El cañón artificial que nuestros arquitectos diseñaron es un trabajo para admirar. Tomaron la esencia de un anfiteatro griego y la impusieron sobre la naturaleza. Nuestros obreros cavaron y penetraron la tierra hasta dejar el hoyo coniforme que se pretendió trazar en este bosque nórdico. La fosa tiene trescientos metros de profundidad y novecientos de ancho. En sus paredes crearon pequeñas alcobas donde los músicos, los ingenieros de sonido, productores y científicos fueron asignados. Una muralla de mármol rodea el agujero; ayuda a la acústica, pero también funciona como medio de protección. Ya entenderán por qué.
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Es el momento. Es la noche por la que nos hemos estado preparando durante años, y me corresponde documentarla.
Los performeros se organizaban y se colocaban en las zonas designadas. “Diles a todos que estén listos en diez. La Tierra se está acercando al punto de convergencia y hay que aprovechar la conjunción de los cuerpos celestes que nos proveerá contacto directo con los Perles de Bailys.” La voz del ministro dictó el encendimiento de los inciensos y el proceso de ingerir nuestra mamajuana designada, junto a un grupo de pastillas diseñadas para la experiencia. Cada detalle fue calculado. Nada de lo que ocurrió esa noche fue improvisado.
Entre el escenario y los nichos, unos asistentes recibieron la orden de dar llamas a unos barriles repletos de cannabis y opio para acentuar las vibras de la noche. Los músicos comenzaron a afinar sus instrumentos, a equilibrar sus ecualizadores. Los micrófonos se encendieron para capturar los sonidos y transmitirlos al área donde los danzantes se estiraban. Mientras tanto, los médicos y parteras verificaban los vitales de la mujer en parto. Las contracciones se encontraban en intervalos de cinco minutos [un periodo perfecto para que el proceso comenzara]; tiempo suficiente para entrar en el trance y completar el ritual.
Era una noche fría, pero eso nos favorecía. La piel, como primer receptor de estímulo, estaba activada. Estar desnudos, sin capas que cubrieran la tez de la pureza del ambiente, nos hacía susceptibles, y así nos volvíamos uno. El frío se te pega a la piel y te posee; quien no lo ha vivido no puede entenderlo. En el centro de la fosa se encontraba una tarima para los danzantes que rodeaban la cama donde yacía la mujer en medio de su parto.
Las dilataciones se acercaban entre sí; los intervalos bajaron a tres minutos. Los gritos comenzaron a moverse por doquier, intrusivos en los oídos de los manifestantes. Esos chillidos eran indicación de que el capullo estaba por brotar. Las comadronas entonaron hechizos en un lenguaje antiguo para calmar el desespero de la mujer. Tuvieron éxito. Debo reconocer que su dominio del oficio fue impecable; sus conjuros previeron que la vertiente carnal se sobrepusiera sobre los elementos espirituales. Controlaron lo que pudo haberse desbordado.
La luna se desplazaba sutilmente sobre la tierra y cada vez se acercaba más al centro de nuestra fosa. Esa fue la señal que esperaba el ala de instrumentos de cuerdas. Las arpas, violines, violas, cellos y contrabajos se apoderaron de la atmósfera. El efecto de las altas frecuencias fue inmediato. Las asiduidades consumieron a las personas esa noche como las llamas devoran la madera. Hubo una erupción de energía proveniente del interior de los danzantes; matices de danza contemporánea se manifestaban en sus movimientos. Todos se encontraron en sincronía, pero no fue un acto consciente: sus espíritus estaban convergiendo, el caos se ordenaba en patrones. Los movimientos terminaron siendo erráticos y descontrolados, pero había una cierta sutileza escondida en cada acto. He presenciado rituales menores, pero nada se compara con lo que vi esa noche. La naturaleza misma reaccionaba a lo que ocurría dentro de nuestro anfiteatro...
El ambiente se excitó con lo que transcurría. Los animales entraron en un estado de frenesí. Se escuchaban los aullidos y el revoloteo de las alas en la distancia. Al comienzo del ritual, el viento solo susurraba y nos acariciaba, pero sus bramidos se volvieron tan fuertes que aterraban. Sus rugidos desplomaron árboles; las ramas buscaban de dónde agarrarse, mas junto a ellos, las hojas conocieron el suelo. Los intentos de intimidación que la naturaleza produjo no eran suficientes para silenciarnos. Nada lo es. Pero junto con la brisa abrumadora llegó la lluvia.
Las contracciones cayeron a intervalos de un minuto. La vagina había alcanzado un estado de máxima dilatación. El parto llegó a la fase del coronamiento. La luna fue testigo de dicho acontecimiento mientras resplandecía sobre el milagro biológico. La mujer comenzó a llorar —sollozó, pero no porque sufría, no por el dolor, sino porque había llegado a nibbana—. Nosotros dedicamos vidas enteras para alcanzar ese estado; ella lo encontró en una noche. Los instrumentos de viento se activaron al oír los llantos; era su momento para resonar.
Las trompetas, los saxofones, los clarinetes, las flautas, los oboes y las ocarinas revoloteaban en los oídos de quienes habitaban aquella pequeña aldea que se aproximaba al bosque. Eso comentaron la mañana siguiente en el boletín del pueblo. Nos tiene sin cuidado. Para cuando lean esto, ya no estaremos ahí.
Siguiendo los instrumentos, los cantantes cambiaron su tono. La misión ya no era crear una atmósfera funesta; ahora era llegar al estado de frisson, para así hacer dócil la separación de espíritu y cuerpo. Luego de haber estado en un ambiente donde las energías se encontraban inestables, donde el caos reinaba, la Escosfera se encontró en un estado sacro. La pureza del ambiente era exuberante y armoniosa. Las gotas de agua caían del cielo y se deslizaban por la tez de los participantes. Los duchaba, y en el transcurso les depuraba las almas. El agua se escurría a lo largo de los instrumentos y creaba pequeños pozos en los bordes. Cada vez que un instrumento era tocado, el agua salpicaba en los rostros de los músicos y las gotas brillaban a causa del sudor que residía en sus frentes. Como lo anticipamos, la lluvia fue nuestra aliada; gracias a ella pudimos confirmar que los cuerpos y las almas ya no eran uno, y que danzaban juntos sin la necesidad de la conciencia. Todo seguía el curso que habíamos trazado.
Fue el momento de apogeo de nuestro ritual. La sincronía y los sonidos placenteros eran nuestra identidad dentro del anfiteatro. Los arquitectos y nuestros médiums tuvieron razón en edificar la muralla de mármol. Revenants [o, siendo más específico, Revenants de Nuit] fueron invocados. Estos seres fantasmagóricos son la última defensa astral que protege el reino espiritual del paso de los vivos o, para ser más precisos, los dormidos. Por eso llegar a Nirvana se nos complica. Algo más grande que nosotros tenía el control, o al menos fue así hasta que llegamos nosotros.
Los Revenants de Nuit intentaron penetrar nuestras paredes, pero no podían. Las murallas de mármol fueron fortificadas con una versión compleja del antiguo hechizo Ochronà Nålucä: un encanto diseñado para confundir cualquier espíritu que intentara interferir en nuestro ritual. Los científicos, junto con los ingenieros de sonido, transmitieron una onda de R.I.M.V. a la pared, creando una reverberación que amenazaba a los fantasmas. Las bajas frecuencias generadas por los tambores agresivos funcionaban para desvanecerlos. Supimos que funcionaría porque nuestras bajas frecuencias emulaban las de sus enemigos, las que registramos en nuestros micrófonos: los Zonnetï Revenant. El plan era erradicarlos antes de que se volvieran una amenaza, y lo logramos. Siempre lo logramos.
La mezcla del agua golpeando el pavimento y las notas producidas por los instrumentos de viento crearon suficiente estímulo para nuestras cócleas, y así nos llevaron al éxtasis fonético. La energía que se produjo mutó y despegó los cuerpos de sus almas. A pesar de que los espíritus flotaban y se movían por todo el anfiteatro, los cuerpos no cesaron; aparentaban estar hipnotizados, pero había algo nefasto detrás de sus movimientos. Las personas —o mejor dicho, sus cuerpos— gritaban y gritaban, como si fuera una súplica, como si estuvieran vacíos, como si carecieran de algo.
Debo ser honesto. Aquí es donde mi orgullo se quiebra.
Los instrumentos dejaron de ser tocados profesionalmente, casi como si hubiera una fuerza destructiva detrás de cada nota. Algo no se encontraba bien. Algo horrífico estaba en el aire.
El feto estaba por salir del útero a un estanque de sangre y lluvia. Las parteras empezaron a montarse entre ellas, pisándose los rostros para poder estar en la cima. Se halaban las extremidades desquiciadamente, se mordían, solo por tener un vistazo del recién nacido. Un rugido aterrizante escapó de los pulmones de la madre mientras se colapsaba en su cama. El doctor logró extraer al bebé exitosamente. Lo cargó con las manos temblorosas y se lo mostró a la luna. De repente, la congregación miró hacia los astros mientras la luna se escabullía de sus vistas.
Ese fue el final del ritual.
Junto a la desaparición de la luna, los cuerpos comenzaron a caer como astros fugaces. Todos lloraban en el suelo mientras convulsaban y se ahogaban en su propia saliva espumosa. El doctor, que siguió las directrices, devolvió el infante a la madre. Las manos de ella entraron en contacto con su bebé, le besó en la frente y lo nombró Arinna.
Mientras la madre abrazaba su creación, eran rodeados por cuerpos colapsados que iban siendo arropados por la nieve.
No sé si lo que hicimos fue correcto. Sé que fue necesario.
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